

De todas las reflexiones que he oido después del anuncio del fin del ‘alto el fuego permanente’ (¡!), me quedo con las palabras de Javier Ortiz:
(…) La parte sensata de la izquierda abertzale ha fracasado también lastimosamente por falta de valor. A ella le correspondía dejar claro a ETA que no estaba dispuesta a transigir con sus continuas interferencias en el terreno político y todavía menos con sus amagos de regreso a las acciones violentas. En ese sentido, el atentado de la T-4 representó la gran ocasión perdida. Si se hubiera plantado allí, no estaríamos hoy donde estamos. Los dirigentes de Batasuna sinceramente interesados en asentar la paz y en que la lucha se desarrolle por vías exclusivamente políticas han demostrado que, por desgracia, en realidad pintan muy poco, tal vez porque no se atreven a pintar más.
Y ahora dos artículos interesantes que dan pistas sobre lo sucedido en este proceso:
Ramón Sola. GARA (3.6.2007)
(…) A este punto se ha llegado después de las dos negativas dadas tanto por PSOE como por PNV a la fórmula de autonomía planteada por la izquierda abertzale: la primera en el pasado otoño -en doce reuniones trilaterales realizadas entre los meses de setiembre, octubre y noviembre-, y la segunda tras la presentación pública de la propuesta de «autonomía a cuatro», puesta de largo en el Polideportivo Anaitasuna de Iruñea en marzo.
Como han admitido públicamente diferentes interlocutores presentes en esos contactos, centralizados en Loiola en su mayor parte, en la fase intermedia de estas doce decisivas reuniones se llegó a un acercamiento en torno a las dos grandes cuestiones a debate: el derecho a decidir y la vertebración territorial. GARA ha podido comprobar que este intento de síntesis llegó a materializarse en dos borradores, pero pasó a vía muerta después de que Batasuna reclamara una concreción a PSOE y PNV en los dos ámbitos citados.
Las doce reuniones de otoño llegaban precedidas de seis años de contactos privados entre PSOE y Batasuna en los que el partido que lidera José Luis Rodríguez Zapatero aceptó ya desde 2002 la necesidad de buscar una solución política al conflicto en una mesa multi-partita. Y quedaban facilitadas también por el alto el fuego de ETA o por la decisión del PSOE de dar vía libre a la fase de la negociación después de la primera gran crisis, superada aparentemente en la reunión del día 29 de mayo. Un segundo atasco se produciría en agosto, cuando superado sin acuerdo alguno el plazo fijado por PSOE y Batasuna en mayo (concluía el 31 de julio), la comisión negociadora de la izquierda abertzale compareció públicamente para hablar por vez primera de «crisis» y «bloqueo».
Poco después, tanto desde el PSOE como desde el PNV se daba el placet a las reuniones intensivas a tres bandas, en busca de un preacuerdo al que posteriormente pudieran dar contenido todos los agentes vascos en una mesa sin exclusiones. Esta decisión constituyó un salto cualitativo. Por primera vez, entre los tres partidos se constituyó una auténtica mesa de negociación que abrió un debate netamente político con un objetivo: tratar de dar una solución definitiva al conflicto. Atrás quedaban cinco meses, los transcurridos desde el alto el fuego, en que la izquierda abertzale había percibido y denunciado la intención de «despolitizar» el proceso por parte de las formaciones de Rodríguez Zapatero e Imaz.
Acuerdo político y recorrido
Esta fase intensiva de diálogo, llevada a cabo con notable discreción, no sólo resultó novedosa por su formato y por haber reunido a los tres vértices principales del intento de abrir un proceso de resolución, sino también por el orden del día establecido. Las discusiones tuvieron dos puntos centrales: la búsqueda de bases políticas para un acuerdo de futuro y el establecimiento de una «hoja de ruta» o esquema general para el desarrollo del proceso. Estos dos ámbitos refundían el guión netamente político elaborado por la izquierda abertzale a principios de año y asumido inicialmente con naturalidad por PSOE y PNV.
En la vertiente «de fondo» del debate, los interlocutores de las tres formaciones abordaron cuatro cuestiones que requerían consenso: la concepción de Euskal Herria como nación, el derecho a decidir, la aceptación de todos los derechos y la vertebración institucional. Y en la parte «de forma», se discutió sobre el método y el calendario del diálogo multilateral que había que poner en marcha para terminar de dar forma al acuerdo. Cabe recordar que en la reunión entre Batasuna y PSOE de mayo que desbloqueó el proceso se había acordado poner en marcha la mesa multipartita en octubre; en cualquier caso, en ese mes de setiembre la fecha de arranque no pasaba de ser una cuestión de segundo orden frente a la necesidad central de lograr un acuerdo político.
Las tres reuniones trilaterales celebradas en el mes de setiembre incluyeron un primer borrador destinado a ayudar a dar forma a los dos bloques citados. Pero es en el mes de octubre cuando se avanzaría de forma más sustancial en los debates y se lograría acceder a un segundo borrador más trabajado y que venía a recoger las bases de un posible acuerdo que traería consigo la resolución del conflicto.
En ese mes de octubre, mientras la atención de la opinión pública permanecía fijada en otras cuestiones polémicas como la legalización o no de la izquierda abertzale o la huelga de hambre de Iñaki de Juana, en un silencio absoluto en Loiola se llevaron a cabo cinco reuniones intensivas en las que se dio cuerpo a ese segundo borrador avanzado. La sexta y última reunión del mes de octubre terminó siendo decisiva y con el tiempo ha dado pie a diferentes versiones, y tergiversaciones, por parte de portavoces políticos. En ella, tanto Batasuna como el PNV y el PSOE estaban llamados a definir su postura sobre el trabajo llevado a cabo hasta el momento. Fue en esa cita cuando Arnaldo Otegi y sus compañeros destacaron positivamente los elementos válidos del borrador, pero alertaron de la existencia de «vacíos» y «ambigüedades» que podían resultar peligrosos a la hora de desarrollar un acuerdo.
De los cuatro puntos sometidos a debate en la parte «de fondo» de la negociación, existían dos en los que el borrador era considerado como completo e inequívoco por parte de Batasuna: la cuestión del reconocimiento de Euskal Herria como nación y la aceptación de todos los derechos. Pero no ocurría lo mismo con los capítulos del derecho a decidir y la vertebración territorial.
La izquierda abertzale advirtió a los interlocutores jeltzales y del PSOE de que los planteamientos al respecto incluidos en ese segundo borrador resultaban lo suficientemente indefinidos como para que tanto su desarrollo como su cumplimiento final quedaran a merced de la voluntad política posterior. En consecuencia, consideró que era necesaria más concreción para evitar opciones de «fraude» y para que efectivamente el proceso de negociación concluyera en el acuerdo político y el cambio de marco que había sido aceptado en años y años de conversaciones privadas.
Así las cosas, Batasuna pone entonces sobre la mesa la propuesta de un estatuto de autonomía para Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa que pueda servir como elemento de desbloqueo pero, sobre todo, como elemento de necesaria concreción que evite los riesgos mencionados. El planteamiento supone un evidente movimiento por parte de la izquierda abertzale, aunque se trate de una fórmula con amplias raíces históricas en la trayectoria de los independentistas. Y tiene aparentemente el valor añadido de contactar con el discurso del PNV y con planteamientos del PSOE no muy lejanos en el tiempo. Se corresponde además con el compromiso de implicar a los cuatro herrialdes en un acuerdo resolutivo adoptado por los tres interlocutores en las conversaciones previas. En la reunión de mayo, como ya reveló GARA, el PSOE había aceptado tratar de incorporar al PSN a este proceso multilateral de conversaciones, aunque por el momento no se había producido tal cosa. Ni el partido liderado por Carlos Chivite habló con la izquierda abertzale ni envió siquiera algún representante a algunas de las numerosas reuniones llevadas a cabo con Batasuna por Jesús Eguiguren o Rodolfo Ares.
Junto a ello, la fórmula trasladada por Arnaldo Otegi, Rufi Etxeberria, Olatz Dañobeitia y el resto de interlocutores establece expresamente que el derecho a decidir incluido en ese estatuto de autonomía no excluirá la opción de la independencia. Y con todo ello Batasuna entiende que se pone la definición necesaria a las cuestiones ambiguamente redactadas del derecho a decidir y la vertebración territorial, y se evita además que en el recorrido posterior del proceso puedan producirse desviaciones debidas a diferentes interpretaciones del consenso de base.
La demanda de los independentistas se basaba en la indefinición del borrador, pero estaba apuntalada por otra razón relativa al contexto: la desconfianza extendida por cuestiones como el ataque ininterrumpido a la actividad política de la izquierda abertzale, pese a los siete meses transcurridos desde el alto el fuego. Esta cuestión, de hecho, había estado en el germen tanto de la crisis de mayo -la citación a ocho mahaikides desencadenó la reunión del día 29- como de la de agosto -seguía la prohibición de manifestaciones como la anual de Donostia, así como las exigencias a Batasuna para que se legalizase-.
Aunque en esta última reunión de octubre, y tras la exposición de Batasuna, tanto los interlocutores del PSOE como los del PNV adoptan el compromiso de redactar sus propuestas y planteamientos para una próxima reunión, la demanda de definición hecha por la izquierda abertzale se había convertido en un punto de inflexión para ambos partidos, que en contactos posteriores evidenciarían su intención de mantener los borradores en su ambigua redacción o incluso tratar de recortarlos.
El PNV se planta, el PSOE recula
Noviembre llegaba con cierta incertidumbre, pero con todas las opciones abiertas para alcanzar un acuerdo que diese continuidad a los dos borradores.
El primer contacto del mes, sin embargo, no deparó un mayor acercamiento, sino más bien al contrario. Frente a la propuesta de autonomía a cuatro con derecho a decidir, incluida la opción de la independencia, los representantes del PNV plantearon que el borrador se quedara como estaba.
La interlocución del PSOE, por su parte, «contratacó» con una nueva posición: planteó algunas modificaciones sustanciales y rebajas en los contenidos de los dos borradores, pese a que ambos habían suscitado ya un claro consenso entre las tres partes. Visto con perspectiva, cabe intuir que los enviados del partido de José Luis Rodríguez Zapatero estimaron quizás que la izquierda abertzale planteaba en realidad una nueva negociación y trataron de situarse en posiciones más retrasadas. Sin embargo, la propuesta de Batasuna no suponía un salto, sino más bien una concreción sobre el terreno ya consensuado.
En noviembre se realizarían dos reuniones más, pero tan infructuosas como ésta. Ni PSOE ni PNV aprobaron la propuesta de Batasuna, cuyas líneas maestras no serían dadas a conocer públicamente hasta meses después, y con ello se frustraba la opción de un acuerdo que había levantado enormes expectativas y declaraciones políticas muy esperanzadas.
La izquierda abertzale planteó la posibilidad de consensuar una línea de acción compartida que llevara al escenario de ese estatuto de autonomía con derecho a decidir, pero recibió otro no por respuesta.
La negociación quedaba bloqueada sin acuerdo tras una fase de debate político de una profundidad sin precedentes, con tres sensibilidades políticas principales del país como protagonistas sentadas en la misma mesa durante doce reuniones intensas, colofón de otras decenas y decenas de contactos bilaterales. Los motivos de discrepancia volvían a ser las dos cuestiones señaladas como «nudos a desatar»: territorialidad y derecho a decidir. Dos cuestiones que habían sido la base de un guión perfilado durante seis años y madurado más que nunca en estas semanas de otoño.
12 fueron las reuniones mantenidas por los representantes de Batasuna, PSOE y PNV en otoño: tres en setiembre, seis en octubre y tres más en noviembre. Fruto de ellas fueron los dos borradores frustrados.
Rechazo a debatir la propuesta del Anaitasuna de modo oficial
El pasado 7 de febrero, la comisión negociadora de la izquierda abertzale hacía pública su propuesta de autonomía política con derecho a decidir para los cuatro herrialdes del sur. Para la sociedad vasca, que no había tenido conocimiento de las interioridades del proceso de negociación entre los partidos, aquella era una novedad. Pero no para PSOE ni para PNV; por un lado, la fórmula planteada era muy similar a la llevada a la mesa de diálogo trilateral en la última reunión de octubre. Además, el contenido de esta denominada Propuesta para un Marco Democrático se había hecho llegar a ambos partidos de modo oficial.
Pasados casi cuatro meses desde que se formuló esta propuesta -enunciada en febrero y difundida en marzo en el acto del Pabellón Anaitasuna de Iruñea-, se puede constatar que ni PSOE ni PNV han aceptado debatir sobre la misma en reuniones oficiales, pese a los contactos producidos también después del 30-D.
Desde la izquierda abertzale, esta decisión se interpreta como la negativa a buscar un acuerdo político que lleve consigo una estrategia conjunta para llegar a un escenario de paz definitiva.
En las últimas semanas, cada uno de los tres interlocutores ha expresado a su modo esta situación de colapso o no-proceso. Arnaldo Otegi afirmaba el viernes que tanto PSOE como PNV «se han plantado», con lo que «el proceso no tiene recorrido». Josu Jon Imaz exigió en el Aberri Eguna «que no nos mareen con sus propuestas». Y distintos dirigentes del PSOE, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, insisten en que «el proceso está roto» tras el atentado de Barajas y no muestra disposición a abordar los contenidos políticos que sí recogió en su declaración del 29 de junio de 2006.
La imagen que resume la situación actual fue dibujada el viernes por Otegi en rueda de prensa. En este momento, por vez primera desde que se puso en marcha este intento, en la sala del diálogo y la negociación sólo está sentada la izquierda abertzale, mientras PSOE y PNV «se han levantado de la mesa y han dado un portazo». Y sobre esa mesa sigue la Propuesta de Marco Democrático.
Un intento intensivo por implicar a PSOE y PNV
El formato trilateral de los contactos políticos, el famoso «triángulo», no ha sido cuestionado por ninguna otra fuerza política. Pero quizás requiere una explicación, que tiene que ver con una decisión tomada por la izquierda abertzale en junio. Hasta entonces, el liderazgo en la búsqueda de apertura de un proceso resolutivo había quedado en manos del PSOE y Batasuna, aunque en ambos casos con una interlocución fluida con el PNV y otros agentes. Tras la decisión del PSOE de pasar de la fase de interlocución a la de negociación a finales de mayo, Batasuna constató que los mayores obstáculos a la puesta en marcha de un proceso de diálogo resolutivo -con la obvia salvedad de la derecha tanto española como francesa- estribaban en los partidos de Josu Jon Imaz y José Luis Rodríguez Zapatero. De hecho, otros partidos (EA, Aralar, EB, IUN, Zutik, Batzarre…), agentes sindicales y sociales habían apostado con claridad por la mesa de partidos, habían suscrito el Acuerdo Democrático de Base o habían impulsado la manifestación por el diálogo multipartito que reunió a 84.000 personas en Bilbo el 1 de abril. Para Batasuna, por tanto, lograr un acuerdo con PSOE y PNV aparecía como la premisa para dar estabilidad absoluta al proceso de solución.
Alberto Surio. DIARIO VASCO (6.6.2007)
(…) Los más escépticos en el seno del Gobierno han terminado por ganar el partido al optimismo antropológico del presidente Zapatero. Esta partida de mus ha terminado desbaratada sin cartas en la mano para jugar. El comunicado de ETA en el que ayer anunciaba la suspensión del alto el fuego permanente, aunque previsto en el guión de lo previsible desde el atentado de Barajas el 30 de diciembre, rompe definitivamente los últimos hilos de un proceso que llevaba meses cortocircuitado.
ETA ha roto la baraja del juego por la negativa del PSE y del PNV a avalar en una futura mesa de diálogo las reivindicaciones planteadas por la izquierda abertzale para el futuro de Navarra: que el órgano de cooperación entre la Comunidad Autónoma Vasca y la navarra se convirtiera en el plazo de dos años en un nuevo marco autonómico entre ambos territorios, con un compromiso expreso de los socialistas navarros para su puesta en marcha. Así lo establecía al menos una propuesta -recogida en un párrafo en un folio presentado a última hora- que fue planteada por Arnaldo Otegi y Rufi Etxeberria en las conversaciones el pasado 8 de noviembre, lo que provocó el rechazo del PNV y el PSE.
La rotunda oposición de los jeltzales a esta exigencia -«como abertzales nos hubiéramos jugado el futuro en Navarra para dos generaciones», sostiene un burukide- descolocó en especial a Batasuna, que no había perdido la esperanza de que el PNV terminara por alinearse en favor de sus tesis en busca de un nuevo marco basado en el reconocimiento del derecho de decisión y de la territorialidad. En aquel encuentro, celebrado en Loiola, el socialista Rodolfo Ares amagó con abandonar la reunión ante el cariz de determinadas advertencias radicales. Una intención de la que le disuadió la representación del PNV, encabezada por Josu Jon Imaz. La cita celebrada el 10 de noviembre escenificó el desencuentro final tras una tormentosa discusión. Más adelante, en febrero, Batasuna detalló la propuesta al abogar por un referéndum en el año 2010, en el que el PSN debería hacer campaña por el ’sí’, y unas elecciones conjuntas en Euskal Herria en el año 2011.
Las duras críticas de ETA al PNV en el comunicado, al que acusa de «traición», reflejan un nuevo divorcio similar al de las conversaciones de Txiberta, en abril de 1977, en las que el nacionalismo moderado optó por la vía institucional frente al rupturismo de la izquierda abertzale.
En realidad, tanto el PNV como el PSOE y el Gobierno central tenían asumida hace meses la posibilidad de este traumático final de viaje. La convicción más extendida es que ETA había decidido a finales de año volver a los atentados, que la acción de Barajas fue un primer aviso, con el resultado de dos muertos, pero que desde el verano ya se fueron concatenando determinadas decisiones y mensajes que presagiaban el peor de los desenlaces. Con el paso de los meses, ETA ha preferido ganar tiempo para ir preparando a las bases de la izquierda abertzale. Todo menos dejar que el fantasma de la frustración se apodere de nuevo del mundo radical, como lo hizo en 1999. Es por eso que ETA ha preferido esperar a conocer los resultados de ANV para contabilizar los votos como un aval a un «proceso» que saltó literalmente por los aires entre los escombros de Barajas.
El punto de inflexión se registró en noviembre. Incluso, los planes confidenciales tejidos entre bambalinas entre PSE, PNV y Batasuna para celebrar una conferencia de paz en diciembre de 2006 en San Sebastián, y que pretendía ser la tarjeta de presentación de la mesa de partidos. Al final Batasuna se echó para atrás.
En realidad, a lo largo de los últimos meses ETA ha estado recopilando pretextos y excusas para un escenario de ruptura del alto el fuego que ha venido madurándose en los últimos meses, incluso mediante determinadas puestas en escena -los tiros al aire en Aritxulegi-, algunas acciones -el robo de armas en Nimes el 23 de octubre- y una cadena de comunicados y mensajes que abonaban el discurso más pesimista. ETA seguía sin dar ninguna muestra de querer abandonar la violencia y los dirigentes de Batasuna, al parecer, intentaban sin éxito parar un tren que venía de frente y sin frenos.
Movimientos en verano
Es posible que el Gobierno tuviera una información de primera mano de lo que se estaba fraguando en el seno de la izquierda abertzale. No sólo por los informes de los servicios de inteligencia o de las fuerzas de seguridad, que detectaron los primeros movimientos operativos en verano. Los suizos del instituto de diálogo Henri Dunant han ejercido una ardua labor de intercambio de mensajes entre los emisarios del Gobierno y de ETA. El Ejecutivo intuía esta involución desde el verano y de ahí determinadas decisiones desconcertantes para la opinión pública. De ahí la «prisión atenuada» a Iñaki de Juana, que encerraba, más allá de su vertiente humanitaria, un evidente calado político para amortiguar una radicalización. O la decisión de la Fiscalía General del Estado y de la Abogacía del Estado por recurrir sólo la mitad de las listas de ANV en las elecciones municipales y forales. Un intento de dejar un portillo abierto y no romper los últimos hilos de comunicación.
Con la perspectiva del tiempo, los socialistas harán su propia autocrítica respecto al «proceso» frustrado. Los «sólidos cimientos» construídos antes del alto el fuego entre Josu Ternera y Jesús Eguiguren se han visto en parte alterados por algunas decisiones judiciales y por el férreo e implacable marcaje del PP, que han reducido el margen de maniobra de Zapatero. Tampoco tuvieron en cuenta la variable relación de fuerzas en el seno de ETA.
La organización terrorista nunca quiso que el Gobierno proyectase ante la opinión pública una ‘paz por presos’. La izquierda abertzale ha ligado siempre un fin de la violencia a un proceso de contenidos políticos sobre el derecho de autodeterminación y la territorialidad. Por eso fuerza en septiembre la apertura de una negociación entre PNV, PSE y Batasuna en busca de un preacuerdo de una mesa de partidos. El 20 de septiembre se inicia ese diálogo, una vez que es el mismo Zapatero el que da luz verde a su comienzo, a pesar de los recelos del PNV, consciente de que se entraba en un terreno resbaladizo en el que no quedaba claro el principio de que «primero la paz, luego la política». Lo que viene después es casi la crónica de un descarrilamiento anunciado.